viernes, 22 de junio de 2012

Humo

Quiero batir mis alas en un duelo contra el viento, mirar al rededor y verme compartiendo la libertad que me niegan, verme feliz, verme sola y contra el mundo hasta caer en picado para recuperarme en la ultima milésima.
Quiero arrullar mis palabras en una melodía para susurrar a las hojas mis deseos.
Quiero posarme sobre una rama y que la brisa meza los pensamientos incontrolables que rozan la corteza de un árbol. Por una vez quiero sentirme yo, sola o con todos, me da igual, quiero liberarme de toda la maraña de sombras que entraman las esquinas.
Que mi vida sea un laberinto pero solo para mi. Dar de la mano a quién yo decida y que nadie opine o al menos que no oiga sus voces en la cocina.......
ahora caigo y el picado se me escapa, vuelo pero..
 ¿sobre qué?
Creo que es humo así que aún no sé que es lo que hay detrás, un ascenso o el asfalto.

domingo, 17 de junio de 2012

Para mi

Me siento mal, me siento estúpida.
Por creer que puedo ser yo, por pensar que no hay nada malo....pero si, si lo hay para los demás y estoy harta, no no quiero más. No quiero volverme a sentir así.
Lo odio y no lo aguanto, pero soy yo, no me doy cuenta lo hago y no lo pienso.
O mejor dicho lo hago pensando y  porque soy yo, los demás no importan. O si importan pero a mi no. 


¿Pero entonces por qué?


Me niego a ser yo si conlleva todo esto.
Ni me preguntéis ni queráis saber, que no lo vuelvo a ser. Esto es por vosotros, que seré yo para mi pero no para nadie más. 

sábado, 16 de junio de 2012

lo tengo escrito

El por qué de un fracaso que no siento, que no es por no haber sido y no será por no haber soñado.
La intensidad de una mentira al rozar la realidad de lo verdadero cuando no lo entiendes por más que lo repites.
Que no es si yo no lo quiero pero quiero que lo sea para no volver a arriesgar, no volverlo a leer y no pensarlo jamas
El fracaso que no quiero y tengo escrito porque yo lo decido y no porque así sea.

¿Por qué?



Corrió, aquella niña corrió todo lo que para ella duró una vida.
Su hermano mayor no la soltaba, se aferraba a ella con la esperanza de que los sonidos estridentes que los sobrevolaban dejaran de oírse en algún lugar remoto de su pequeño pueblo.
Corrieron juntos buscando al resto de los niños nacidos bajo el  mismo techo, todos desperdigados por el pantano siendo arrastrados por el irrefrenable sentimiento del pánico y el horror provocado por los aviones que veían sobre ellos.
Aquella niña, blanca de piel, morena de pelo, con ojos confundidos de horizonte y bañados por miel, no era capaz de seguir el ritmo a los pasos que dejaron de rozar el fango y empezaron a levantar polvo en las tierras donde nacieron los 6 hermanos. Todos ellos de sangre roja en momentos donde los colores definían el destino y la justicia.
Se reunieron entre los jadeos de la carrera cuando ya no podían ni levantar la mirada más allá de sus propios pies, cuando todos ellos creyeron estar a salvo en la puerta de su casa, donde su madre aún no sabe cómo están sus hijos y su marido sólo puede agarrarla por los hombros para evitar su colapso. Colapso por el miedo, su miedo o más bien por el de sus hijos.


Esa noche fue la primera de tantas otras en las que los llantos no fueron más que los susurros del silencio de unas lágrimas enterradas en almohadas.
Una en la que el llanto desesperado de la mujer  que es madre se oirá más que nunca por ser la primera vez que sus hijos la escuchan llorar, pero no todos sus hijos saben distinguir las emociones que desprende este llanto.
Los pequeños creen que tiene miedo a esos ruidos que suenan a las afueras del pueblo a pesar de que padre asegura que todo quedará allá, tras el río.
Pero los mayores distinguen entre cada gemido una parte de desesperación, de ira o de la rabia más feroz que han oído a su madre. Y ellos son los que al igual que sus padres, saben que esos ruidos no se quedaran lejos, saben que se irán acercando con los días y que las mentiras piadosas al menos les sirven a los más pequeños que escuchan sin entender. O al menos esta vez no entienden. Simplemente oyen los sonidos como si todos formaran el ritmo frenético de un baile.
 Al principio han sentido miedo pero les han dicho que no les harán daño, que todo acabará pronto y que al día siguiente podrán ir al colegio a seguir con su rutina.
Los más pequeños acaban por ignorar el desasosiego de esa noche y se rinden al sueño de su cansancio.
Días después, las zangas empezaron a verse fuera de los planos y los niños jugaban cerca atemorizados por las sirenas y su segundo aviso.
El primero eran los aviones, el segundo era la alarma que venía seguida por estruendos y golpes de metralla.
El segundo, era el más largo en las horas.
Pero cuando meses después la paz se rendía a las tardes soleadas, los niños seguían con todo su color en la mirada.
Aquella niña de apenas ocho años, la anteúltima de su familia corría, como siempre. Esta vez acompañada tan solo de otros niños del barrio,  todos se dirigían al campo de aviación con la esperanza de ver, por primera vez aterrizar a los aviones que estaban siguiendo.
 Comenzó a llover y todos se sorprendieron, huyeron hacia el lado contrario. La lluvia de las bombas  tuvo el mismo efecto de siempre, solo que esta vez, tan cerca que sintieron la última vibración que les indicaba que no había llegado sobre ellos y sentían lágrimas ardiendo que también estaban frías. Pero todo eso, era tan solo cuando se daban cuenta de que podían sentirlo.
El regreso a casa fue desconcertante, tanto para ellos como para sus recuerdos que hoy día aún no comprenden cómo lograron todos y cada uno de ellos regresar sin más que rasguños.
Es aquí donde ninguno de ellos puede distinguir el momento en el que crece, se es de una forma u otra. Todo les resulta lo mismo durante los sonidos fuertes, todo les dejará de resultar importante en la política o en sus ideas cuando se han dado cuenta de que son tan frágiles como cualquiera. Cuando son conscientes de la necesidad de sobrevivir a su mundo.
La niña creció viendo a sus hermanos de vez en vez entre la guerra que dejo de ser la suya, sumisa y obediente.
 Pero aún nos quedaban los que nos quedan, que todavía tienen guerra y que siguen dándola. Mientras esta niña había crecido, una mujer soñolienta despertada de su aletargo. Lejos, tan lejos como Madrid. Tan pronto como no supo de su gente y tan rápido que su nombre (Alia) pasó a ser uno completo, Amalia.
El cambio brusco no sorprendía, ya que la niña desde chiquilla apuntaba maneras. Habló, busco y no se cansó de hacerlo ni cuando tuvo que callar por golpes.
Amalia se sintió orgullosa, tan orgullosa como la situación se lo permitía, orgullosa por no haber llorado y no querer hacerlo, al menos no delante de sus opresores.
Y ganó la guerra, gano su guerra por no derramar ni una lágrima, no decir palabra, armada de valor o más bien  porque el pánico la impedía hablar. Pero no dijo ni un solo nombre del partido del que es militante, ni de los enlaces que la ayudan a seguir en contacto con la resistencia y no lo dirá jamás.
Evitará que las lágrimas recorran su rostro cuando la vean.
Pero no podrá más tarde contener la lluvia de sus ojos resbalando por sus pómulos. No podrá y esas gotas se confundirán en la oscuridad de su tristeza.
Ella no vivirá ni un solo día para contar la historia, ella vivirá para los demás, por los suyos en el fondo del azul infinito. Fue lo único que decidió a la fuerza del coraje de los que ven demasiado antes de tiempo.
Pero no vivirá ni un día para que se conozca la hipocresía. Por eso calla y seguirá callando. A pesar de que aún no entiende que su resistencia no servirá para que no apresen a los que andan escondidos.
 Tras la visita nocturna de la policía habrá decidido todo esto y tendrá las ideas más claras que el resto de su vida, tal vez por su inexperiencia o sus ganas de acabar con todas las mentiras que la rodean.
Convertirá su hogar en el de los buscados por los ojos de un mundo muerto para ella, por la burbuja en la que han encerrado un país más dividido que nunca. Un país aislado convertido en mundo ciego y tembloroso que se derrumba disimulando fortaleza.
Que un día todo cesará definitivamente para ella. Cuando todo acabe y pierda su esperanza, perderá más de lo que tenía por no saber a lo que se aferraba, le quitaran su amor o más bien le arrebatarán el aire durante siete años, desterrándolo a Burgos y cediéndoselo durante poco más de cuarenta minutos cada doce meses.
Tiempos en los que su temor por no resistir al recuerdo de las caricias de un hombre durante los meses que lo mantuvo escondido, la perforarán hasta que durante la lectura de una carta recibida cada dos semanas la calme unos minutos.
Cree que su carga le aprisiona por dentro, tanto como Franco y lo que llaman sociedad. Pero descubrirá que es peor que cualquier opresión verbal, no poder sostener en el regazo a Marcos.
Mientras este duerme sobre un petate mirando en sus párpados el desnudo de la mujer que ama en silencio.
En  el silencio de su celda abarrotada, en la humedad y el frío que le cala el alma.
Recuerdos marcados en la mente a base de dolor y tristeza, los culpables de que los cuerpos frágiles se tambaleen y se atraganten con las palabras al volver por unos instantes hacia los años entre barrotes.
Recuerdos, todos ellos escritos para que no se olvide, para que nadie deje pasar los nombres borrados, ni los segundos perdidos por la libertad. Por la libertad que sigue en nosotros, en cada idea entre susurros y sentimientos atrapados en conciencias.
La libertad por la que cientos de personas lucharon y murieron, por la que nosotros sonreímos al respirar y la libertad por la que me veo capaz de escribir las historias que me han confesado a lo largo del tiempo.
Por dejar atrás la opresión y el sometimiento para pasar a la realidad y la dureza del pasado, que en cierto modo nos recuerda la del presente.
Sin nombres reales ni historias completas, solo palabras en algún orden perdido en las redes de la comprensión relatada y sufrida.
Tantos años en silencios que solo escuchaban las paredes y miradas que solo podían realizarse en la intimidad de la confianza, deberían dejar más verdades que las que se cuentan.