Corrió,
aquella niña corrió todo lo que para ella duró una vida.
Su hermano
mayor no la soltaba, se aferraba a ella con la esperanza de que los sonidos
estridentes que los sobrevolaban dejaran de oírse en algún lugar remoto de su
pequeño pueblo.
Corrieron
juntos buscando al resto de los niños nacidos bajo el mismo techo, todos desperdigados por el
pantano siendo arrastrados por el irrefrenable sentimiento del pánico y el
horror provocado por los aviones que veían sobre ellos.
Aquella niña,
blanca de piel, morena de pelo, con ojos confundidos de horizonte y bañados por
miel, no era capaz de seguir el ritmo a los pasos que dejaron de rozar el fango
y empezaron a levantar polvo en las tierras donde nacieron los 6 hermanos.
Todos ellos de sangre roja en momentos donde los colores definían el destino y
la justicia.
Se reunieron
entre los jadeos de la carrera cuando ya no podían ni levantar la mirada más
allá de sus propios pies, cuando todos ellos creyeron estar a salvo en la
puerta de su casa, donde su madre aún no sabe cómo están sus hijos y su marido
sólo puede agarrarla por los hombros para evitar su colapso. Colapso por el
miedo, su miedo o más bien por el de sus hijos.
Esa noche
fue la primera de tantas otras en las que los llantos no fueron más que los
susurros del silencio de unas lágrimas enterradas en almohadas.
Una en la
que el llanto desesperado de la mujer
que es madre se oirá más que nunca por ser la primera vez que sus hijos
la escuchan llorar, pero no todos sus hijos saben distinguir las emociones que
desprende este llanto.
Los pequeños
creen que tiene miedo a esos ruidos que suenan a las afueras del pueblo a pesar
de que padre asegura que todo quedará allá, tras el río.
Pero los
mayores distinguen entre cada gemido una parte de desesperación, de ira o de la
rabia más feroz que han oído a su madre. Y ellos son los que al igual que sus
padres, saben que esos ruidos no se quedaran lejos, saben que se irán acercando
con los días y que las mentiras piadosas al menos les sirven a los más pequeños
que escuchan sin entender. O al menos esta vez no entienden. Simplemente oyen
los sonidos como si todos formaran el ritmo frenético de un baile.
Al principio han sentido miedo pero les han
dicho que no les harán daño, que todo acabará pronto y que al día siguiente
podrán ir al colegio a seguir con su rutina.
Los más
pequeños acaban por ignorar el desasosiego de esa noche y se rinden al sueño de
su cansancio.
Días
después, las zangas empezaron a verse fuera de los planos y los niños jugaban
cerca atemorizados por las sirenas y su segundo aviso.
El primero
eran los aviones, el segundo era la alarma que venía seguida por estruendos y
golpes de metralla.
El segundo,
era el más largo en las horas.
Pero cuando
meses después la paz se rendía a las tardes soleadas, los niños seguían con
todo su color en la mirada.
Aquella niña
de apenas ocho años, la anteúltima de su familia corría, como siempre. Esta vez
acompañada tan solo de otros niños del barrio,
todos se dirigían al campo de aviación con la esperanza de ver, por
primera vez aterrizar a los aviones que estaban siguiendo.
Comenzó a llover y todos se sorprendieron,
huyeron hacia el lado contrario. La lluvia de las bombas tuvo el mismo efecto de siempre, solo que
esta vez, tan cerca que sintieron la última vibración que les indicaba que no
había llegado sobre ellos y sentían lágrimas ardiendo que también estaban frías.
Pero todo eso, era tan solo cuando se daban cuenta de que podían sentirlo.
El regreso a
casa fue desconcertante, tanto para ellos como para sus recuerdos que hoy día
aún no comprenden cómo lograron todos y cada uno de ellos regresar sin más que
rasguños.
Es aquí
donde ninguno de ellos puede distinguir el momento en el que crece, se es de
una forma u otra. Todo les resulta lo mismo durante los sonidos fuertes, todo
les dejará de resultar importante en la política o en sus ideas cuando se han
dado cuenta de que son tan frágiles como cualquiera. Cuando son conscientes de
la necesidad de sobrevivir a su mundo.
La niña
creció viendo a sus hermanos de vez en vez entre la guerra que dejo de ser la
suya, sumisa y obediente.
Pero aún nos quedaban los que nos quedan, que
todavía tienen guerra y que siguen dándola. Mientras esta niña había crecido,
una mujer soñolienta despertada de su aletargo. Lejos, tan lejos como Madrid.
Tan pronto como no supo de su gente y tan rápido que su nombre (Alia) pasó a
ser uno completo, Amalia.
El cambio
brusco no sorprendía, ya que la niña desde chiquilla apuntaba maneras. Habló,
busco y no se cansó de hacerlo ni cuando tuvo que callar por golpes.
Amalia se
sintió orgullosa, tan orgullosa como la situación se lo permitía, orgullosa por
no haber llorado y no querer hacerlo, al menos no delante de sus opresores.
Y ganó la
guerra, gano su guerra por no derramar ni una lágrima, no decir palabra, armada
de valor o más bien porque el pánico la
impedía hablar. Pero no dijo ni un solo nombre del partido del que es
militante, ni de los enlaces que la ayudan a seguir en contacto con la
resistencia y no lo dirá jamás.
Evitará que
las lágrimas recorran su rostro cuando la vean.
Pero no
podrá más tarde contener la lluvia de sus ojos resbalando por sus pómulos. No
podrá y esas gotas se confundirán en la oscuridad de su tristeza.
Ella no
vivirá ni un solo día para contar la historia, ella vivirá para los demás, por
los suyos en el fondo del azul infinito. Fue lo único que decidió a la fuerza
del coraje de los que ven demasiado antes de tiempo.
Pero no
vivirá ni un día para que se conozca la hipocresía. Por eso calla y seguirá
callando. A pesar de que aún no entiende que su resistencia no servirá para que
no apresen a los que andan escondidos.
Tras la visita nocturna de la policía habrá
decidido todo esto y tendrá las ideas más claras que el resto de su vida, tal
vez por su inexperiencia o sus ganas de acabar con todas las mentiras que la
rodean.
Convertirá
su hogar en el de los buscados por los ojos de un mundo muerto para ella, por
la burbuja en la que han encerrado un país más dividido que nunca. Un país
aislado convertido en mundo ciego y tembloroso que se derrumba disimulando
fortaleza.
Que un día
todo cesará definitivamente para ella. Cuando todo acabe y pierda su esperanza,
perderá más de lo que tenía por no saber a lo que se aferraba, le quitaran su
amor o más bien le arrebatarán el aire durante siete años, desterrándolo a
Burgos y cediéndoselo durante poco más de cuarenta minutos cada doce meses.
Tiempos en
los que su temor por no resistir al recuerdo de las caricias de un hombre
durante los meses que lo mantuvo escondido, la perforarán hasta que durante la
lectura de una carta recibida cada dos semanas la calme unos minutos.
Cree que su
carga le aprisiona por dentro, tanto como Franco y lo que llaman sociedad. Pero
descubrirá que es peor que cualquier opresión verbal, no poder sostener en el
regazo a Marcos.
Mientras
este duerme sobre un petate mirando en sus párpados el desnudo de la mujer que
ama en silencio.
En el silencio de su celda abarrotada, en la
humedad y el frío que le cala el alma.
Recuerdos
marcados en la mente a base de dolor y tristeza, los culpables de que los
cuerpos frágiles se tambaleen y se atraganten con las palabras al volver por
unos instantes hacia los años entre barrotes.
Recuerdos,
todos ellos escritos para que no se olvide, para que nadie deje pasar los
nombres borrados, ni los segundos perdidos por la libertad. Por la libertad que
sigue en nosotros, en cada idea entre susurros y sentimientos atrapados en
conciencias.
La libertad
por la que cientos de personas lucharon y murieron, por la que nosotros
sonreímos al respirar y la libertad por la que me veo capaz de escribir las
historias que me han confesado a lo largo del tiempo.
Por dejar
atrás la opresión y el sometimiento para pasar a la realidad y la dureza del
pasado, que en cierto modo nos recuerda la del presente.
Sin nombres
reales ni historias completas, solo palabras en algún orden perdido en las
redes de la comprensión relatada y sufrida.
Tantos años
en silencios que solo escuchaban las paredes y miradas que solo podían
realizarse en la intimidad de la confianza, deberían dejar más verdades que las
que se cuentan.
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