Hoy has espirado por última vez a miles de kilómetros y no he llegado.
Hoy te has ido, dejando algunas cosas sembradas a tu paso, como todo el mundo al despedirse del mundo y pasar al otro plano.
Una vez más hay que despedirse, una vez más entre otras tantas ya dichas, y las que quedan por decir adiós.
Te has dormido acompañado.
Te has ido sin decir nada en semanas, sin ver la pantalla, sin reflejar lo que a veces eras.
Pero te has ido habiendo dicho lo necesario hace ya algo más de dos años, cuando ambos llorábamos adiós.
Espero como otras tantas veces, en un huequito de mi cabeza, rascando una vez más los resquicios de esperanzas que siempre quedan para todos aquellos que ya no estáis, que esa locura del reencuentro y la otra vida tenga algo de cierto, aunque solo sea que tus cenizas vuelen junto al mundo en el que viviste.
La esperanza palpita diciendo que verás a tu hijo, que podrás abrazarlo.
Que por una vez estarás en calma, que aprenderás lo que no pudiste aprender en una vida, que serás libre de ti y tus prejuicios. Que podrás amar lo que no terminaste de amar.
Que entenderás, lo que no entendiste.
Y que algún día con el paso de los años cuando a todos nos digan lo mismo tras el paso de la vida, cuando el aliento se nos quiebre y nos tornemos viento, que el reencuentro nos abrace aunque sea en la espuma del mar en el que alguna vez me llevaste a navegar.
Que caminemos por las playas, para acabar viendo un palacio donde no habita princesa pero si tiene ventana.
Y que de una vez me regales el bolsito con florecitas de gomaeva de cuando era niña y el aro para jugar.
Que aún tengo un osito marinero con su patito, aunque fuera de tiempo.
Adiós marinero. Que tras zarpar de este puerto la mar te lleve a donde encuentres paz.