jueves, 8 de agosto de 2019

Que el mundo rompa el llanto que en silencio forja su vida, que en la quietud de las sombras mascan sus restos.
Que mastiquen los huesos de su esperanza, ya calcinados y sin tierra a la que hacer rebrotar tras las luces y sombras del circo tras bajar el telón.
Lanzaros a la mar, a vuestra desesperación y arrastrarme al océano al que pertenezco.
No dejéis nada.
No forjéis vidas en hierro, porque el fuego de vuestros pasos os irá devorando. 
No quedará nada. 

Y no seremos nada, una vez más.

El vacío.
El hueco que al respirar el aire no alcanza. La vida que no, es ni será.

Las ilusiones que carcomidas, se arrastran por los recuerdos mendigando piedad.


La sangre se bombea un día más.
Las venas sienten como la vida las acaricia a cada segundo deseando estallar en la euforia y el dolor.
Vida que es indescriptible, de tantos colores que a veces no sabes que se te presenta delante.
Con su característico y tétrico contrapunto.
A veces intento imaginar ese segundo, ese instante en el que la vida se detiene. 
Donde ya no hay humo, donde ya no hay aire.
Donde ya no estés a cada bocanada.
Donde la dualidad de una vida juntos frente al no sentirte, ya no exista. 
Solo espero la vida, y a la muerte, que se confundan sin querer, que desaparezca el mundo, que se esconda la luz que nazca la luna que rompa el alma en el llanto que la atenaza.
Que me rompa el pecho el latir por un corazón que ya no siento.