Aquella chiqueta se sentía orgullosa, tan orgullosa como la situación se lo permitía, orgullosa por no haber llorado y no querer hacerlo, al menos nunca más delante de ellas.
Y ganó la guerra, gano su guerra por no derramar ni una lagrima, no decir palabra, armada de valor o más bien porque el pánico la impedía hablar. Pero no dijo ni un solo nombre y no lo dirá jamas.
Sobrevivir para contar su historia, que no se olviden sus nombres...eso la dijeron. Pero no, ella no vivirá ni un solo día para contar la historia, ella vivirá para las demás, por los suyos en el fondo del azul infinito. Pero no vivirá ni un día para que se conozca la hipocresía. Por eso calla y seguirá callando.
Evitará que las lagrimas le recorran su rostro cuando la vean.
Pero no podrá más tarde contener la lluvia de sus ojos resbalando por sus pómulos. No podrá y cuando esas gotas se confundan en la oscuridad de su soledad rodeada por las demás reclusas, no se sabrá si son de rabia o desesperación.
El suelo de la celda abarrotada estará húmedo por el llanto de las mujeres que han aprendido a susurrar en silencio. Lo único que les queda son sus cartas, su espera y las sonrisas entre pabellones.
Aquello fue y seguirá siendo una historia confundida entre miles, ciertas o no tan ciertas como las quieran contar.
La verdad no queda en los libros, solo en los que han vivido lo que ellos relatan
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