jueves, 5 de abril de 2012

Alba, luego amanecer

Y llamaban Alba a la sonrisa de mil soles.


Nació en el cielo de asfalto junto a las flores de farolas en las calles, eran como luciérnagas estáticas en un infinito de otras luces.
Crecía yendo y viniendo entre las mañanas y los días, haciendo a los niños quitarse las legañas y torturando a las noches al decirlas que todo acaba y les toma el relevo, en la carrera que para ella era la rutina.
Pero un día se descolgó de ese basto cielo y apareció en otro tan distinto y brillante que la abrumaba.
Casi desaparecía cada día un poco más, confundiéndose entre ese momento que ahora llamamos amanecer.
Porque no siempre fue así.
 Antes cuando Alba era lo que fue, existían etapas y si ella quería se hacían eternas, el día duraba su vida que volvía siempre que ella despertaba.
Pero no, todo eso se acabó, ahora el día es uno y la noche otro que no se unen por ella, solo se repelen.
De esta forma ella se apaga cada vez más y definir su comienzo o su final es tan difícil como contenerla en una caja, ya no se puede, ahora se evapora, se expande y se mezcla con las nubes que tiñe de lilas, naranjas y todos los colores que antes creaban el suyo propio, hace tanto de aquello, que se dejo de llamar color y se empezó a llamar esperanza porque nadie lo ve y ya no se distingue.
Pero todo el que lo haya visto sabe como es y aún lo puede imaginar.

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