Despertarte, ver luz entre las rendijas de la persiana, oler al verano que llena las calles mientras los niños juegan en la piscina.
Pensar en él y olvidar ese momento.
Decidir ignorarlo para intentar tomar un café, seguir con tu vida atravesando paredes de hierro y pisando clavos.
Que los labios te ardan para que no hables y los ojos se sequen para no llorar una vez más, a cinco días de ti.
Porque es lo que necesito cinco días, para que todo vuelva, mientras tu otra vez te quedas hasta el siguiente año en el mismo sitio, el mismo lugar en ese recoveco inconfundible del pensamiento que se aferra a mis emociones, en ese pequeño espacio que por cada día cerca se regenera para que el día que vuelve se pueda fijar más en su lugar.
De esa forma inconfundible de pensar y de hacerme temblar de indecisión por no saber hablar cuando regresas.
Porque te sigo teniendo un día del año, así siempre regresas con más fuerza mientras tu ida es más definida larga e incierta.
Y tengo el cuaderno en blanco de lo que nos queda juntos, del cuando vuelvas vamos a la playa y compramos golosinas.
De un helado de chocolate que aún no me ha manchado las camisetas, de unas bicis que ya no ruedan....
De una niña que sigue echándote de menos.
Del reloj que se paró en el instante de mi vida, del espejo roto que sigue reflejándote en el pasillo solo cuando paso y me giro. De unos nervios que son míos y tuyos por que vuelvas y te marches.
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