Los huesos se me hielan al bajar del autobús...caminamos hasta llegar a lo que es mi referencia de lo perfecto:
Tu y yo, juntos durante un fin de semana.
Primero nervios aferrados a mi estomago, después tranquilidad cuando recuerdo lo acogedor de estar contigo a solas.
La casa es grande, y tu peleas con la chimenea para intentar que yo entre en calor, aunque acabas encendiendo los radiadores.
El frío se cambio por el calor de tu cuerpo, que acabó siendo más intenso.
En unos instantes el descontrol se apodera de nosotros, te deslizas hasta llegar a mi cuello, me abrazas, la impaciencia se crece ante nosotros y todo comienza a acelerarse pero sigue habiendo tiempo, tanto que incluso parece detenerse.
Una pregunta sin respuesta.
Una tarde, nuestra primera tarde. Una noche con las palabras entre respiraciones con silencios que aún perduran en mi.
La existencia de lo que sentimos, de lo que ocurrió y lo que pasó.
Situaciones, actos, palabras (que no valen lo mismo, pero no solo consiguen sacarme una de las mejores sonrisas también me ruborizan) gestos, momentos, los momentos más importantes, todos ellos eternos, inmejorables.
Todo gracias a ti y solo por un motivo
Es muy evidente lo que ocurre...
Me pediste que escribiera sobre ese fin de semana, pero no hay nada que decir...lo he intentado muchas veces, pero no puedo describir lo que sentí, ni lo genial que fue todo, ni siquiera lo que vi la tarde del sábado en lo alto de la colina.
No es tan especial por el lugar, por los hechos, lo es por lo que te importa y lo que demostraste.
Con los mejores regalos que me podías dar...tus sentimientos, tu confianza, palabras recitadas con doble sentido, porque no solo eran palabras eran ideas y mucho más.
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