Enero, mes de promesas, de ilusiones, de esperanzas...
Imaginación desbordante por todas las esquinas, que normalmente va acompañada de una mano aferrada a otra y un globo de helio escapándose entre los dedos.
Ojos para todo y pensamientos para nadie, besos con un significado mucho más complicado que la misma apariencia.
Levantarse el 6 de enero de la única manera posible:
Saltando, dando gritos y corriendo con tu hermano mayor para atormentar a tus pobres padres.
Destrozar el papel que cubren los regalos debajo del árbol, junto a mis zapatos.
Sonreír y no por los juguetes sino por el desayuno, todos juntos.
Así era mi 6 de enero, para mi gusto el mejor que se puede tener.
A pesar de que haya cambiado y la ilusión no sea la misma, no se acaba.
La diferencia la conocen pocas personas, no se trata de quién me haga esos regalos, sino quién los pida y a quién se lo de.
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