jueves, 8 de marzo de 2012

Música

Sentir el bajo en mi pecho, la guitarra en mis manos y su voz en mi garganta.
Gritar acompañada del compás vibrante de los sueños que crea y destruye una melodía incesante en los timpanos, penetrando en un caracol de espirales y atravesando la barrera de la percepción hasta que dejo de percibirla y la pierdo.
Regresa y se escapa, viene y se va, libre, a pesar de que la conoces.
Cantar poniendo la voz en lo más alto del cielo que sobrevuelas, mientras la ves bajo tus pies.
Olvidar los miedos y sentirlos de nuevo tras de ti, jugando al escondite con un ritmo de cuatro por cuatro cambiante y desordenado.
Conceptos que se escapan al exterior, quedandose atrapados dentro de ti.
Inconfesables al público las emociones que recibes, cuando entran en contacto las ondas con las lineas y estas te susurran gritos de terciopelo entre clavo, orégano y tomillo.
Una cocina con percusionistas en los cristales reflejando la misma imagen todas las mañanas al escuchar la radio
¿locura personificada o la casualidad de todo el mundo?


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