Las puertas se cierran lentamente, mientras el pitido incesante se repite hasta que están completamente unidas para no separarse hasta llegar al siguiente anden.
El tren se pone en marcha con su rutinario traqueteo, la brisa se convierte en tornado al chocar contra su superficie y la lluvia parecer tener más fuerza al ver que nos separamos.
Mis ojos buscan los tuyos en la soledad que me queda, sentada dirección desconocida.
El rumbo de los pasos de un gigante de metal, con sus rugidos en el vacío de los espacios entre los rayos de la tormenta que no cesa. Sin la mano templada sobre mi regazo cuando miro por el cristal empañado por el bao que mi respiración desprende y coloco mis parpados en el frío cristalino artificial que me encierra y me separa de las gotas que luchan por rozarme.
Con la felicidad en los labios, la tristeza en mis lagrimas y la ilusión de la mano.
Así son las despedidas cuando no estas.
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