Con la fachada desconchada y agrietada, por el paso de los años y las tempestades de más de tres generaciones de adolescantes corriendo por las chirriantes escaleras de madera.
La casa sorprendentemente sigue en pie.
Con la ropa humeda colgada de los balcones y una nueva cuna meciendose por la brisa calida de un verano que termina, junto al futuro de un pequeño aventurero.
Solo crece, explora y con cada paso se aleja más y más de lo que conoce, quiere descubrir el mundo, su vida, sus amores y lo que sera de ellos.
Porque eso es crecer y todos lo hacemos, por muy despacio que vayamos.
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